Benedicto XVI y el gobierno de la Iglesia

Mucho se ha dicho en estos días sobre el gobierno de la Iglesia ante la renuncia de Benedicto XVI. Pues bien, es bueno recordar que el Papa Benedicto XVI se refirió al tema del gobierno en la Iglesia en 2010 en la Audiencia General del miércoles 10 de marzo de 2012 dedicada a San Buenaventura, quien en 1257 se convirtió en ministro general de la Orden franciscana, encontrándose “ante una grave tensión dentro de su misma Orden”.

Gobernar es pensar y rezar: en esa catequesis, el Papa enseña que “para san Buenaventura gobernar no coincidía simplemente con hacer algo, sino que era sobre todo pensar y rezar. En la base de su gobierno siempre encontramos la oración y el pensamiento; todas sus decisiones eran fruto de la reflexión, del pensamiento iluminado de la oración”. En sentido coincidente, en el texto de su reciente renuncia, el Papa afirma ser “muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando”.

No sólo órdenes y estructuras, sino guiar e iluminar: el Papa también resalta que la íntima relación con Cristo de San Buenaventura “acompañó siempre su labor de ministro general y, por esto, compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el alma de su gobierno y manifiestan la intención de guiar interiormente la Orden, es decir, de gobernar no sólo mediante órdenes y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientando hacia Cristo”.

Las tensiones generadas por el grupo de los franciscanos “espirituales”: para comprender estas enseñanzas, el Papa explica el contexto histórico que debió afrontar san Buenaventura como ministro general de los franciscanos, caracterizado por la tensión generada por una corriente de Frailes Menores, llamados “espirituales”. Este grupo, basado en las ideas del abad cisterciense Gioacchino da Fiore, sostenía que “con san Francisco se había inaugurado una fase totalmente nueva de la historia, en la que aparecería el ‘Evangelio eterno’, del que habla el Apocalipsis, sustituyendo al Nuevo Testamento”. “Este grupo afirmaba que la Iglesia ya había agotado su papel histórico, y una comunidad carismática de hombres libres guiados interiormente por el Espíritu —es decir, los ‘Franciscanos espirituales’— pasaba a ocupar su lugar”.

Las enseñanzas de Joaquín da Fiore: explica el Papa que el monje da Fiore afirmaba “un ritmo trinitario de la historia. Consideraba el Antiguo Testamento como la edad del Padre, seguida del tiempo del Hijo, el tiempo de la Iglesia. Había que esperar aún la tercera edad, la del Espíritu Santo. Así, toda la historia se debía interpretar como una historia de progreso: desde la severidad del Antiguo Testamento a la relativa libertad del tiempo del Hijo, en la Iglesia, hasta la plena libertad de los hijos de Dios, en el período del Espíritu Santo, que iba a ser, por fin, el tiempo de la paz entre los hombres, de la reconciliación de los pueblos y de las religiones. Gioacchino da Fiore había suscitado la esperanza de que el comienzo del nuevo tiempo vendría de un nuevo monaquismo. Por eso, es comprensible que un grupo de franciscanos creyera reconocer en san Francisco de Asís al iniciador del tiempo nuevo y en su Orden a la comunidad del periodo nuevo: la comunidad del tiempo del Espíritu Santo, que dejaba atrás a la Iglesia jerárquica, para iniciar la nueva Iglesia del Espíritu, desvinculada ya de las viejas estructuras”.

El riesgo de la tergiversación del mensaje: En esa época, “se corría el riesgo de una gravísima tergiversación del mensaje de san Francisco, de su humilde fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, y ese equívoco conllevaba una visión errónea del cristianismo en su conjunto”. Además, “como ministro general de la Orden de los Franciscanos, san Buenaventura vio en seguida que con la concepción espiritualista, inspirada en Gioacchino da Fiore, la Orden no era gobernable, sino que iba lógicamente hacia la anarquía”.

La respuesta profunda de San Buenaventura: explica el Papa que “para responder a este grupo y restablecer la unidad en la Orden, san Buenaventura estudió atentamente los escritos auténticos de Gioacchino da Fiore y los que se le atribuían y, teniendo en cuenta la necesidad de presentar fielmente la figura y el mensaje de su amado san Francisco, quiso exponer una visión correcta de la teología de la historia”.

La necesidad de fundamento teológico: Ante esta situación, Buenaventura advirtió que “la necesidad práctica de estructuras y de inserción en la realidad de la Iglesia jerárquica, de la Iglesia real, requería un fundamento teológico, entre otras razones porque los demás, los que seguían la concepción espiritualista, mostraban un aparente fundamento teológico”. Es decir, dado que los “espiritualistas” pretendían dar un fundamento teológico a su postura, el gobierno sólo podía responder a tal desafío desde una mayor profundidad y hondura teológica, que fuera a la raíz de las verdades y errores de esa nueva corriente.

La novedad de San Francisco: pero San Buenaventura tenía que enfrentar una segunda consecuencia de la corriente espiritualista, nos dice el Papa: “aun teniendo en cuenta el realismo necesario, no había que perder la novedad de la figura de san Francisco”. Así, Buenaventura “adoptó una línea de gobierno en la que era clarísimo que la nueva Orden, como comunidad, no podía vivir a la misma “altura escatológica” de san Francisco, en el cual él ve anticipado el mundo futuro, sino que —guiada, al mismo tiempo, por un sano realismo y por la valentía espiritual— debía acercarse tanto como fuera posible a la realización máxima del Sermón de la montaña, que para san Francisco fue la regla, si bien teniendo en cuenta los límites del hombre, marcado por el pecado original”.

Los ejes del gobierno de San Buenaventura: el Papa ofrece “un resumen esquemático de la respuesta de san Buenaventura en tres puntos:

“1. San Buenaventura rechaza la idea del ritmo trinitario de la historia. Dios es uno en toda la historia y no se divide en tres divinidades. Por consiguiente, la historia es una, aunque es un camino y —según san Buenaventura— un camino de progreso.

2. Jesucristo es la última Palabra de Dios; en él Dios ha dicho todo, donándose y diciéndose a sí mismo. Dios no puede decir, ni dar más que a sí mismo. El Espíritu Santo es Espíritu del Padre y del Hijo. Cristo mismo dice del Espíritu Santo: “Él os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26), “recibirá de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16, 15). Así pues, no hay otro Evangelio más alto, no hay que esperar otra Iglesia. Por eso también la Orden de san Francisco debe insertarse en esta Iglesia, en su fe, en su ordenamiento jerárquico.

3. Esto no significa que la Iglesia sea inmóvil, que esté anclada en el pasado y no pueda haber novedad en ella. “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt“, las obras de Cristo no retroceden, no desaparecen, sino que avanzan, dice el santo en la carta De tribus quaestionibus. Así formula explícitamente san Buenaventura la idea del progreso, y esta es una novedad respecto a los Padres de la Iglesia y a gran parte de sus contemporáneos. Para san Buenaventura Cristo ya no es el fin de la historia, como para los Padres de la Iglesia, sino su centro; con Cristo la historia no acaba, sino que comienza un período nuevo. Otra consecuencia es la siguiente: hasta ese momento dominaba la idea de que los Padres de la Iglesia eran la cima absoluta de la teología, todas las generaciones siguientes sólo podían ser sus discípulas. También san Buenaventura reconoce a los Padres como maestros para siempre, pero el fenómeno de san Francisco le da la certeza de que la riqueza de la Palabra de Cristo es inagotable y de que incluso en las nuevas generaciones pueden aparecer luces nuevas. La unicidad de Cristo garantiza asimismo la novedad y la renovación en todos los períodos de la historia.

Aplicación de estas enseñanzas al Concilio Vaticano II: En esta Catequesis, el Papa también se refirió a la enseñanza de Buenaventura en torno a la historia de la Iglesia y su actualidad a partir de las disputas sobre la interpretación del Concilio Vaticano II. Decía Benedicto XVI: “Llegados a este punto, quizá es útil decir que también hoy existen visiones según las cuales toda la historia de la Iglesia en el segundo milenio ha sido una decadencia permanente; algunos ya ven la decadencia inmediatamente después del Nuevo Testamento. En realidad, “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, sino que avanzan. ¿Qué sería la Iglesia sin la nueva espiritualidad de los cistercienses, de los franciscanos y de los dominicos, de la espiritualidad de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz, etcétera? También hoy vale esta afirmación: “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt“, avanzan. San Buenaventura nos enseña el conjunto del discernimiento necesario, incluso severo, del realismo sobrio y de la apertura a los nuevos carismas que Cristo da, en el Espíritu Santo, a su Iglesia. Y mientras se repite esta idea de la decadencia, existe también otra idea, este “utopismo espiritualista”, que se repite. De hecho, sabemos que después del Concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, de que había otra Iglesia, de que la Iglesia pre-conciliar había acabado e iba a surgir otra, totalmente “otra”. ¡Un utopismo anárquico! Y, gracias a Dios, los timoneles sabios de la barca de Pedro, el Papa Pablo VI y el Papa Juan Pablo II, por una parte defendieron la novedad del Concilio y, por otra, al mismo tiempo, defendieron la unicidad y la continuidad de la Iglesia, que siempre es Iglesia de pecadores y siempre es lugar de gracia”.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

Un comentario sobre “Benedicto XVI y el gobierno de la Iglesia

  • el 27/02/2013 a las 9:23 am
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    ¡Excelente!. Que importante que es conocer en profundidad sobre un tema y poder ir más a allá de la mirada superficial y tendenciosa de los medios de comunicación. Como todos los artículos de Nicolás, las palabras precisas, con el conocimiento profundo del tema y la mirada objetiva.

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