Benedicto y la misión de Pedro

Entre los sentimientos que nos genera la finalización del ministerio del Papa Benedicto XVI se encuentra, ciertamente, una sensación de orfandad, que viene dada por la firmeza y seguridad con que el Papa ha “confirmado” a los fieles a lo largo de su Pontificado.

Lejos de la imagen dura y conservadora que se empecinan en instalar algunos medios de comunicación, el Papa Benedicto se caracterizó por una enorme paternidad, por una capacidad de escucha y guía, de consuelo y de aliento. Recuerdo que, al leer la encíclica Spes Salvi, me impresionó una cita de San Agustín que hace el Papa y que narra el proceso interior de quien es Pastor de una comunidad.

El Papa recuerda primero que, cuando San Agustín fue llamado a ser Obispo, su sensación fue: “Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad. Mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: “Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para él que murió por ellos” (cf. 2 Co 5,15)” (Spe Salvi, 28). Y luego continúa Benedicto:

“Esto supuso para Agustín una vida totalmente nueva. Así describió una vez su vida cotidiana: «Corregir a los indisciplinados, confortar a los pusilánimes, sostener a los débiles, refutar a los adversarios, guardarse de los insidiosos, instruir a los ignorantes, estimular a los indolentes, aplacar a los pendencieros, moderar a los ambiciosos, animar a los desalentados, apaciguar a los contendientes, ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos, mostrar aprobación a los buenos, tolerar a los malos y [¡pobre de mí!] amar a todos»” (Spe Salvi, 29).

Me animo a afirmar que Benedicto vivió en su propia experiencia Petrina esta “vida cotidiana” que describe San Agustín. Y lo vivió desde el amor de quien se entrega, lejos de la lógica de poder político y temporal que le gusta ver a esos medios de comunicación, y lleno de un espíritu de servicio y caridad.

Es que la caridad ha sido el centro del mensaje del Papa, como quedó claro desde su primera encíclica. Una caridad que nace del amor de Dios que nos ama primero y que, por tanto, es respuesta agradecida en la fe y abierta al servicio a los hermanos.

La paternidad que ejerció Benedicto con todos nosotros no es otra que el cumplimiento de la misión que el mismo Señor Jesús confió a Pedro y sus sucesores en la última cena: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc. 22, 31-32).

Desde ya, en la fe, sabemos que esta firmeza de Pedro no faltará en los futuros Pontífices, porque sabemos que es una firmeza que no viene de las propias fuerzas humanas de los “elegidos” sino del Espíritu Santo y del Señor Jesús que sostienen al Papa, incluso más allá de sus propias fuerzas físicas. Pero en estos días, una cierta orfandad nos invade por este paso de Benedicto. En todo caso, es tiempo para renovar la oración por el Papa y su servicio desde la oración y también para que siempre se sigan cumpliendo esas palabras del Señor a Pedro: “Confirma a tus hermanos”.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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