El hombre y las tentaciones

Las catequesis del Papa sobre la Fe

Desde hace varios miércoles el Papa está desarrollando su catequesis sobre la Fe. Semanalmente el Santo Padre reflexiona encarnadamente, intentando alcanzar una mayor cercanía con los interrogantes y preocupaciones del hombre de hoy, a fin de ayudarlo a perseverar o retomar y, en todo caso, a dotar de un sentido cada vez más rico, su peregrinar en el mundo.

Resumimos aquí las dos primeras catequesis del Santo Padre del mes de febrero de 2013

Décimo sexta catequesis: la certeza de que es bueno ser hombre. En la catequesis del 6 de febrero pasado, el Papa se detiene en Dios creador y origen de todo. Afirma que la fe implica precisamente “saber reconocer lo invisible distinguiendo sus huellas en el mundo visible”. Porque “todo lo que Dios crea es bello y bueno, impregnado de sabiduría y de amor; la acción creadora de Dios trae orden, introduce armonía, dona belleza”.

Y se pregunta luego Benedicto: “en la época de la ciencia y de la técnica, ¿tiene sentido todavía hablar de creación? ¿Cómo debemos comprender las narraciones del Génesis?”. Y es que “la verdad fundamental que nos revelan los relatos del Génesis es que el mundo no es un conjunto de fuerzas entre sí contrastantes, sino que tiene su origen y su estabilidad en el Logos, en la Razón eterna de Dios, que sigue sosteniendo el universo”. Creer esto “ilumina cualquier aspecto de la existencia y da la valentía para afrontar con confianza y esperanza la aventura de la vida. Por lo tanto, la Escritura nos dice que el origen del ser, del mundo, nuestro origen no es lo irracional y la necesidad, sino la razón y el amor y la libertad. De ahí la alternativa: o prioridad de lo irracional, de la necesidad, o prioridad de la razón, de la libertad, del amor. Nosotros creemos en esta última posición”.

Se detiene luego Su Santidad en el hombre y la mujer, quienes son, en su pequeñez, los únicos capaces de conocer y amar a Dios: “el ser humano, creado con amor por Dios, es algo muy pequeño ante la inmensidad del universo (…), está habitado por esta paradoja: nuestra pequeñez y nuestra caducidad conviven con la grandeza de aquello que el amor eterno de Dios ha querido para nosotros”.

En el relato del primer pecado, “la serpiente suscita la sospecha de que la alianza con Dios es como una cadena que ata, que priva de la libertad y de las cosas más bellas y preciosas de la vida. La tentación se convierte en la de construirse solos el mundo donde se vive, de no aceptar los límites de ser creatura, los límites del bien y del mal, de la moralidad; la dependencia del amor creador de Dios se ve como un peso del que hay que liberarse. Este es siempre el núcleo de la tentación. Pero cuando se desvirtúa la relación con Dios, con una mentira, poniéndose en su lugar, todas las demás relaciones se ven alteradas. Entonces el otro se convierte en un rival, en una amenaza: Adán, después de ceder a la tentación, acusa inmediatamente a Eva (cf. Gn 3, 12); los dos se esconden de la mirada de aquel Dios con quien conversaban en amistad (cf. 3, 8-10); el mundo ya no es el jardín donde se vive en armonía, sino un lugar que se ha de explotar y en el cual se encubren insidias (cf. 3, 14-19); la envidia y el odio hacia el otro entran en el corazón del hombre: ejemplo de ello es Caín que mata al propio hermano Abel (cf. 4, 3-9). Al ir contra su Creador, en realidad el hombre va contra sí mismo, reniega de su origen y por lo tanto de su verdad; y el mal entra en el mundo, con su penosa cadena de dolor y de muerte. Cuanto Dios había creado era bueno, es más, muy bueno; después de esta libre decisión del hombre a favor de la mentira contra la verdad, el mal entra en el mundo”.

Y es que “el pecado engendra pecado y todos los pecados de la historia están vinculados entre sí”. Porque “ningún hombre está cerrado en sí mismo, nadie puede vivir solo de sí y para sí; nosotros recibimos la vida de otro y no sólo en el momento del nacimiento, sino cada día. El ser humano es relación: yo soy yo mismo sólo en el tú y a través del tú, en la relación del amor con el Tú de Dios y el tú de los demás. Pues bien, el pecado consiste en enturbiar o destruir la relación con Dios, esta es su esencia: destruir la relación con Dios, la relación fundamental, situarse en el lugar de Dios. ElCatecismo de la Iglesia católica afirma que con el primer pecado el hombre «hizo la elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de creatura y, por tanto, contra su propio bien» (n. 398). Alterada la relación fundamental, se comprometen o se destruyen también los demás polos de la relación, el pecado arruina las relaciones, así arruina todo, porque nosotros somos relación” y así “todo hombre entra en un mundo marcado por esta alteración de las relaciones, entra en un mundo turbado por el pecado, del cual es marcado personalmente; el pecado inicial menoscaba e hiere la naturaleza humana (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 404-406). Y el hombre por sí solo, uno solo, no puede salir de esta situación, no puede redimirse solo; solamente el Creador mismo puede restaurar las justas relaciones. Sólo si Aquél de quien nos hemos alejado viene a nosotros y nos tiende la mano con amor, las justas relaciones pueden reanudarse. Esto acontece en Jesucristo”.

Así, concluye Benedicto en esta catequesis, “vivir de fe quiere decir reconocer la grandeza de Dios y aceptar nuestra pequeñez, nuestra condición de creaturas dejando que el Señor la colme con su amor y crezca así nuestra verdadera grandeza. El mal, con su carga de dolor y de sufrimiento, es un misterio que la luz de la fe ilumina, que nos da la certeza de poder ser liberados de él: la certeza de que es bueno ser hombre”.

Décimo séptima catequesis: En la catequesis del pasado 13 de febrero (miércoles de Cenizas), el Papa nos invita a contemplar el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto, y a “responder a una pregunta fundamental: ¿qué cuenta de verdad en mi vida?”. Teniendo en cuenta que el desierto “es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre está privado de los apoyos materiales y se halla frente a las preguntas fundamentales de la existencia, es impulsado a ir a lo esencial y precisamente por esto le es más fácil encontrar a Dios”, el Papa nos propone reflexionar sobre el núcleo de las tentaciones, que es “la propuesta de instrumentalizar a Dios, de utilizarle para los propios intereses, para la propia gloria y el propio éxito”. Ya que “superar la tentación de someter a Dios a uno mismo y a los propios intereses (…) y dar a Dios el primer lugar, es un camino que cada cristiano debe recorrer siempre de nuevo”. Es necesario para ello “tomar nuestras decisiones a la luz de la Palabra de Dios”.

Con gran lucidez, dice el Papa que “actualmente ya no se puede ser cristiano como simple consecuencia del hecho de vivir en una sociedad que tiene raíces cristianas: también quien nace en una familia cristiana y es formado religiosamente debe, cada día, renovar la opción de ser cristiano, dar a Dios el primer lugar, frente a las tentaciones que una cultura secularizada le propone continuamente, frente al juicio crítico de muchos contemporáneos”, ya que las pruebas a las que la sociedad actual somete al cristiano “son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en la vida cotidiana, dejar espacio a la oración y al silencio interior; no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, como el aborto en caso de embarazo indeseado, la eutanasia en caso de enfermedades graves, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias”. El Papa recuerda aquí la figura de varias conversiones modernas, como las del ruso ortodoxo Pavel Florenskij, la holandesa Etty Hillesum y la la estadounidense Dorothy Day. Y nos llama a renovar en este tiempo de Cuaresma en el Año de la fe nuestro empeño en el camino de conversión, para “hacer espacio a Dios, mirando con sus ojos la realidad cotidiana”.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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