Tras la cabra perdida

Una mirada sobre el beato José Gabriel Brochero

Quien conoce las serranías de Córdoba, puede hoy en pleno siglo XXI, recordarlas por fotos electrónicas, postales, links del Google maps, etc. Quien se ha podido aventurar a experimentar los aromas y el aire de las sierras cordobesas, podrá comprender mejor el escenario en el cual vivió y trabajó el beato cura Brochero. José Gabriel había nacido en Santa Rosa de Río Primero, allá por el 1840, cuarto hijo de una decena en una familia con fuerte vivencia cristiana. Sus experiencias de niñez habrán estado vinculadas al campo y la producción familiar. A sus olores, sabores… Al olor a pan casero, al asado, leche fresca y mate de yuyos recién cortados. Acostarse temprano y levantarse al alba para poder aprovechar lo que el Tata Dios nos da cada día. Una infancia de agradecimientos, pero también de genuinas ganas de progreso. En una Córdoba del siglo XIX, en donde el peso de la Universidad y la lucha entre liberales y eclesiásticos se empezaba a sentir, José Gabriel tomó de su casa estas raíces y se puso en las manos de Dios junto con dos de sus hermanas religiosas del Huerto en la vocación del servicio al pueblo de Dios.

Con 15 años, y unos días antes de su cumpleaños, ingresó al Seminario Ntra. Señora de Loreto donde es ordenado sacerdote con 26 años de edad. Desde enero hasta agosto de 1867, visita a su familia y acompaña a su padre en el lecho de muerte. Colaboró con las tareas pastorales en la Catedral de Córdoba en la epidemia de cólera, y obtuvo el título de Maestro en filosofía en la Universidad de Córdoba.

El 18 de noviembre de 1869, con 29 años, es nombrado cura de San Alberto. Curato de 4336 kilómetros cuadrados. Unas 433.600 hectáreas. Con poco más de 10.000 habitantes. Lo que hoy diríamos 0,02 hab./ha. Pero no sólo con la dificultad de la extensión y la poca densidad poblacional, sino también con dos límites casi infranqueables para ese momento: Las sierras Grandes de 2000 metros de altura y la ausencia de caminos y comunicaciones con éstos pobladores. Tan es así que los historiadores cronican que los habitantes de esta región de traslasierras, estaban más identificados con Cuyo que con Córdoba, debido a este límite geográfico. Claramente, era ir tras la oveja perdida. O como yo prefiero en términos cordobeses, tras el cabrito perdido…

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el campo, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.” Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.” Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».”(Lc. 15, 1-10)

Yo creo que esta cita debe haber sido el lema de este beato cura Brochero. Porque como contaré en próximas ediciones, fue alguien que con perseverancia, astucia, amor, misericordia, paciencia y mucha esperanza en el Señor; puso a estos hijos de Dios perdidos en su curato al hombro y vivió alegre llevándolos al rebaño de Dios, su Iglesia. No era tarea fácil, pero no hubo poder humano que lo detuviera en esta tarea y sembró para la posteridad, un ejemplo de valentía en la paz. De perseverancia en la soledad. De fidelidad a la vocación de servicio por el prójimo.

Hoy deberíamos ver estos valores para replicarlos en aquello que nos parece hostil, lejano, imposible o utópico. Él no comenzó solo. Comenzó con un profundo conocimiento de la vida serrana y con un profundo conocimiento de Dios; haciendo de esto una síntesis tan plenamente humana que movilizó a que 40.000 personas pasaran por su Casa de Ejercicios Espirituales en Villa del Tránsito, hoy Villa Cura Brochero.

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