El ejemplo de Lidia, la primera cristiana de Europa

En la Carta Apostólica Porta Fidei por la que convoca al Año de la Fe, el Papa Benedicto XVI nos propone que, en relación al acto de fe, tengamos en cuenta el ejemplo de Lidia, al que califica como “muy elocuente” (n. 10).

Dice el Papa:

El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta lo más íntimo. A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta San Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el ‘Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo’ (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios (Porta Fidei, 10).

En efecto, los Hechos de los Apóstoles nos cuentan la historia de Lidia:

De allí fuimos a Filipos, ciudad importante de esta región de Macedonia y colonia romana. Pasamos algunos días en esta ciudad, y el sábado nos dirigimos a las afueras de la misma, a un lugar que estaba a orillas del río, donde se acostumbraba a hacer oración. Nos sentamos y dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí. Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo. Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: ‘Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa’; y nos obligó a hacerlo (Hch 16, 12-15).

Creo que es interesante detenerse en la historia de Lidia, y de la comunidad de Filipos, pues podemos aprender mucho de su ejemplo en este año de la Fe:

  • La iniciativa de Dios: la primera gran lección que nos deja Lidia es que la iniciativa en la fe la tiene Dios, que “toca” el corazón, para “aceptar” la Palabra. También nosotros tenemos que estar abiertos a la acción poderosa de la Gracia, que viene a tocarnos el corazón para entrar en esa dinámica de entrega confiada que es la fe.
  • La prontitud en la respuesta: Lidia responde de inmediato, sin reservas, con generosidad y prontitud. Nos dicen los Hechos de los Apóstoles que ella se hizo bautizar de inmediato y que luego “obligó” a Pablo y sus compañeros a alojarse con ellos. Ese “alojarse” en su casa nos recuerda la generosidad de Zaqueo (Lc 19, 1-10), a quien Jesús perdonó sus pecados y que pronto quiso recibirlo en su propia casa.
  • La generosidad: la comunidad de Filipos fue especialmente generosa con Pablo. En la carta a los Filipenses, el Gran Apóstol nos cuenta: “Y ya saben, filipenses, que al comienzo de la evangelización, cuando dejé Macedonia, ninguna otra Iglesia me ayudó pecuniariamente. Ustedes fueron los únicos que cuando estaba en Tesalónica, en dos ocasiones me enviaron medios para asistirme en mis necesidades” (Flp 4, 15-16). Ciertamente Lidia, que era negociante en púrpura, debe haber contribuido con esas ayudas económicas a Pablo. La comunidad nacida de la iniciativa de Dios expresa su agradecimiento a Pablo, que fue instrumento de Dios para ellos, con vínculos fuertes y de manera encarnada, generosa, desinteresada.
  • El valor de la familia: el ejemplo de Lidia también nos habla de la centralidad de la familia en la experiencia de fe. Ella no se convierte sola, sino que toda su familia se bautiza. El entusiasmo de la acción de Dios la lleva a compartir con los suyos el Evangelio y a llevarlos al encuentro con Jesús.
  • La familia, iglesia doméstica: la familia de Lidia no sólo se bautiza, sino que recibe a los apóstoles en su casa. Así, la casa de Lidia se convierte en iglesia doméstica, en lugar de comunión para vivir y compartir la fe. Es más, cuando Pablo y Silas salen de prisión, luego ser arrestados en Filipos, “fueron a la casa de Lidia, donde volvieron a ver a los hermanos y los exhortaron” (Hch 16, 40).
  • La comunión eclesial: en Filipos podemos ver la experiencia de comunión entre las diversas vocaciones en la Iglesia. Varones y mujeres, laicos y apóstoles, casados y consagrados, todos compartían, desde sus propias misiones, la fe y se ayudaban mutuamente para la tarea evangelizadora.
  • La ayuda mutua en las dificultades y persecuciones: la comunión de fe vivida eclesialmente en Filipos se verificó en tiempos de dificultades y persecuciones. En efecto, tiempo después del bautismo de Lidia y su familia, unos hombres que explotaban a una mujer pitonisa, se confabularon para hacer arrestar a Pablo y a Silas cuando Pablo liberó a la mujer del espíritu impuro que la dominaba. Eran tiempos difíciles y los apóstoles sufrían en carne propia la persecución, a imitación de Cristo: “la multitud se amotinó contra ellos, y los magistrados les hicieron arrancar la ropa y ordenaron que los azotaran. Después de haberlos golpeado despiadadamente, los encerraron en la prisión, ordenando al carcelero que los vigilara con mucho cuidado” (Hch 16, 22-23). Se exige mucha valentía para perseverar en la fe en ese marco, donde la adhesión a Cristo significaba riesgo para la propia vida. Pero Lidia y su familia fueron capaces de dar su vida por Pablo y Silas, a quienes recibieron a la salida de prisión y a quienes ayudaron de diversas maneras a lo largo de su estancia en Filipos.

La propuesta del “ejemplo de Lidia” que nos hace el Papa Benedicto XVI en Porta Fidei no es casual. En primer lugar, es una exhortación dirigida a los evangelizadores, para que anunciando con valentía y constancia la Buena noticia de Jesús, confiemos en la acción poderosa de Dios que “abre” los corazones para la acción de la Gracia. Pero también es una invitación a todos los cristianos a dejar a Dios obrar sin obstáculos y con plena disponibilidad, como Lidia, para que esa gracia produzca frutos mayores por la cooperación de la libertad humana.

Para algunos, Lidia puede parecer un personaje insignificante en la gran historia de la salvación. Pero junto con los grandes santos, que fueron los instrumentos escogidos por Dios para llevar la buena noticia a todo el mundo, la historia de la salvación está llena de hombres y mujeres que, desde la entrega personal y llena de fe a Dios, colaboraron decisivamente en esa historia de misericordia y amor que Dios teje en su Iglesia y que se orienta, de manera definitiva, a la Venida del Señor.

Leemos en un artículo publicado en la web del Pontificio Consejo para los Laicos unos lindos pasajes de Remedios Falaguera Silla sobre Lidia, a la que llama “la primera cristiana de Europa”: “No fue solamente su conversión, su fidelidad y su gran afán apostólico lo que la engrandeció. Más bien, suponemos que fue su valentía, su bien ganada autoridad y su generosidad al abrir las puertas de su casa como lugar de culto y predicación, creando así la primera iglesia doméstica, mostrando así su enorme agradecimiento por el regalo de la fe” (Remedios Falaguera Silla, “San Pablo y el «genio femenino»”, http://www.laici.va/content/dam/laici/documenti/donna/bibbia/espanol/san-pablo-y-el-genio-femenino.pdf)

Podemos terminar este breve texto recordando las tiernas palabras que Pablo dirige a los cristianos de Filipos:

Yo doy gracias a Dios cada vez que los recuerdo. Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que tenga estos sentimientos hacia todos ustedes, porque los llevo en mi corazón, ya que ustedes, sea cuando estoy prisionero, sea cuando trabajo en la defensa y en la confirmación del Evangelio, participan de la gracia que he recibido. Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios (Flp 1, 3-11).

Entradas relacionadas

Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *