Pedagogía frente a la indiferencia religiosa

Las catequesis del Papa sobre la Fe

Desde hace varios miércoles el Papa está desarrollando su catequesis sobre la Fe. Semanalmente el Santo Padre reflexiona encarnadamente, intentando alcanzar una mayor cercanía con los interrogantes y preocupaciones del hombre de hoy, a fin de ayudarlo a perseverar o retomar y, en todo caso, a dotar de un sentido cada vez más rico, su peregrinar en el mundo.

Resumimos aquí las dos primeras catequesis del Santo Padre del mes de noviembre

Cuarta catequesis: la pedagogía del deseo y el dinamismo de la redención. Quizás la catequesis más interpelante hasta el momento ha sido la del miércoles 7 de noviembre, en donde Su Santidad defiende la afirmación de que el hombre lleva en sí un misterioso deseo de Dios. Aún reconociendo que “muchos contemporáneos nuestros podrían objetar que no advierten en absoluto un deseo tal de Dios”, el Papa sostiene que “lo que hemos definido como «deseo de Dios» no ha desaparecido del todo y se asoma también hoy, de muchas maneras, al corazón del hombre”. Porque, afirma, “el deseo humano tiende siempre a determinados bienes concretos, a menudo de ningún modo espirituales”, pero “cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente”.

A partir de estas afirmaciones, el Papa desarrolla lo que él llama la “pedagogía del deseo”, que nos permita sostener “que es posible también en nuestra época, aparentemente tan refractaria a la dimensión trascendente, abrir un camino hacia el auténtico sentido religioso de la vida, que muestra cómo el don de la fe no es absurdo, no es irracional”. Esta pedagogía del deseo resulta útil tanto para quienes aún no creen, como para los que creen, ya que todos necesitamos recorrer un camino de purificación y de sanación del deseo.

La pedagogía del deseo comprende al menos dos aspectos: 1) la necesidad de “aprender o re-aprender el gusto de las alegrías auténticas de la vida. No todas las satisfacciones producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan un rastro positivo, son capaces de pacificar el alma, nos hacen más activos y generosos. Otras, en cambio, tras la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que habían suscitado y entonces dejan a su paso amargura, insatisfacción o una sensación de vacío. Educar desde la tierna edad a saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbito de la existencia —la familia, la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia al propio yo para servir al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por las bellezas de la naturaleza—, significa ejercitar el gusto interior y producir anticuerpos eficaces contra la banalización y el aplanamiento hoy difundidos. Igualmente los adultos necesitan redescubrir estas alegrías, desear realidades auténticas, purificándose de la mediocridad en la que pueden verse envueltos. Entonces será más fácil soltar o rechazar cuanto, aun aparentemente atractivo, se revela en cambio insípido, fuente de acostumbramiento y no de libertad. Y ello dejará que surja ese deseo de Dios del que estamos hablando. 2) No conformarse nunca con lo que se ha alcanzado. Precisamente las alegrías más verdaderas son capaces de liberar en nosotros la sana inquietud que lleva a ser más exigentes —querer un bien más alto, más profundo— y a percibir cada vez con mayor claridad que nada finito puede colmar nuestro corazón. Aprenderemos así a tender, desarmados, hacia ese bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas, a no dejarnos desalentar por la fatiga o los obstáculos que vienen de nuestro pecado”.

Esta pedagogía que nos propone el Papa nos permite también descubrir el dinamismo de la redención. Ya que cuando el deseo “se adentra por caminos desviados, cuando sigue paraísos artificiales y parece perder la capacidad de anhelar el verdadero bien”, incluso allí “no se apaga en el hombre esa chispa que le permite reconocer el verdadero bien, saborear y emprender así la remontada, a la que Dios, con el don de su gracia, jamás priva de su ayuda (…). No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia Dios, esto ya es señal de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios”.

Pero, aunque el deseo puede abrirnos a Dios, no nos hace llegar directamente a la Fe: “el hombre, en definitiva, conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón. No se puede conocer a Dios sólo a partir del deseo del hombre. Desde este punto de vista el misterio permanece: el hombre es buscador del Absoluto, un buscador de pasos pequeños e inciertos”.

Con un profundo conocimiento y comprensión del corazón humano, el Santo Padre nos invita en esta peregrinación a sentirnos “hermanos de todos los hombres, compañeros de viaje también de quienes no creen, de quién está a la búsqueda, de quien se deja interrogar con sinceridad por el dinamismo del propio deseo de verdad y de bien”.

Quinta catequesis: ¿qué hacer frente a la indiferencia religiosa de muchos? La catequesis del 14 de noviembre aborda el problema del “ateísmo práctico”, que no niega “las verdades de la fe o los ritos religiosos, sino que simplemente se consideran irrelevantes para la existencia cotidiana, desgajados de la vida, inútiles”. El Papa constata que, sin embargo, “este modo de vivir resulta aún más destructivo, porque lleva a la indiferencia hacia la fe y hacia la cuestión de Dios”; y “si Dios pierde la centralidad, el hombre pierde su sitio justo, ya no encuentra su ubicación en la creación, en las relaciones con los demás”.

El Santo Padre nos propone que, frente al ateísmo, al escepticismo y a la indiferencia religiosa, los creyentes seamos capaces de responder, con delicadez y respeto, a través de tres caminos posibles: el mundo, el hombre, la fe. En el primer caso, el mundo puede acercarnos a Dios desde el momento en que, “cuanto más lo conocemos, más descubrimos en él sus maravillosos mecanismos, más vemos un designio, vemos que hay una inteligencia creadora”. Podemos también llegar a Dios a través del hombre, leyendo esa sed de infinito que llevamos dentro, que nos impulsa a ir más allá y remite a Alguien que la pueda colmar”. Por último, la misma Fe se convierte en camino para llegar a Dios, ya que “quien cree está unido a Dios, está abierto a su gracia, a la fuerza de la caridad”.

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