Fe y vida pública en el S.XXI

Para los católicos, un compromiso que se muestra impostergable.

A días de que comience el Año de la Fe y siguiendo el camino preparatorio para el Congreso que se desarrollará los primeros días de noviembre de 2012, resultan útiles algunos comentarios relacionados con uno de los aspectos centrales del Concilio Vaticano II, referido a la adecuada vinculación que como cristianos en general, y laicos en particular, debemos tener entre nuestra fe y nuestra vida pública. Indagaremos entonces algunos puntos de contacto que podamos identificar entre el orden religioso y las realidades terrenas, de manera de asumir un correcto equilibrio entre ambas esferas de nuestra vida.

Como primera reflexión, debemos tener presente el hecho de que los laicos somos la parte de la Iglesia que más y mayor vinculación e interrelación presenta con la sociedad civil, y ello debemos tenerlo presente como un dato nos debe interpelar de modo singular al discernir nuestra vocación cristiana para comprometerla al Plan de Dios. El hecho de que estemos tan empapados de realidad temporal, de estar tan inmersos en ocupaciones terrenas, debe servir de estímulo para abrir el camino de la evangelización de todo orden social, y no como elemento para excusarse fundadas las más de las veces en razones de falta de tiempo, pero que pueden esconder otras más veladas vinculadas al miedo a quedar socialmente expuesto como un verdadero cristiano, a evitar el conflicto interno de asumirse no como un verdadero creyente sino un cristiano “social”, etc.

El Catecismo de la Iglesia Católica, nos enseña que la participación en la vida social es necesaria para todos según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, por ser un deber inherente a la dignidad de la persona humana[1]. Insiste en dicho concepto dos números después al incentivar “en cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública”; y nos ofrece una ayuda a los despistados al enseñar que la participación comienza por la educación y la cultura. “Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquéllos que sean capaces de trasmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar”[2].

En esta línea de ideas, no deberían de modo alguno los laicos dejar de conocer las partes esenciales de algunos documentos que la riqueza doctrinal milenaria de la Iglesia nos ofrece.

Importantes líneas generales se desprenden de uno de los cuatro documentos más importantes que surgieron del Concilio cuyo aniversario estamos celebrando, la Constitución Apostólica Gaudium et Spes. Dedica un capítulo al tema de la vida en la comunidad política, en el sentido más profundo, etimológico y estructural de este último término. Allí promueve el ejercicio de los deberes cívicos, entre los que considera necesario mencionar “el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común[3]”. Extiéndese poco después: “Los cristianos debe tener conciencia de la vocación particular y propia que tienen en la comunidad política, en virtud de esta vocación están obligados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común (…) a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política”. Una última cita nos enseña que “la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre”[4]. Fácil resulta advertir que estas líneas no intentan  redirigir las naturales y legítimas diversas vocaciones humanas a una sola circunscripta al ámbito de la arena política partidaria, mas la exigencia de asumir un compromiso claro y a fondo al servicio del bien común es ineludible.

Tanto es así, que otro documento de suma importancia en relación a estos temas resulta el que fue escrito por nuestro actual Papa Benedicto XVI antes de ocupar la Cátedra de Pedro, mientras fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se titula “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública” fechado en noviembre de 2002, que se propone “recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas” (cita pto i parr.4). Citando a Juan Pablo II, nos conmina específicamente a los laicos a no abdicar de la participación en la política, es decir, “en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común, que comprende la promoción y defensa del orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto a la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.”. Advierte sobre los peligros del relativismo cultural que pregona que todas las concepciones sobre el hombre son igual de verdaderas y tienen el mismo valor. Defiende el derecho de la Iglesia a pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral –la verdad es sólo una –. Alerta sobre las “exigencias éticas fundamentales” en los que se juega la esencia del orden moral y que por tanto concierne al bien integral de la persona humana, como en los casos del aborto y la eutanasia. Y profundiza los principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo. Respecto de esto último, me parece imprescindible no dejar de señalar la amable pero muy firme posición en que la Iglesia involucra la misión de los laicos en el mundo. Conceptualiza la “laicidad” como “la autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica –nunca de la esfera moral–” como un valor adquirido y reconocido por la Iglesia. La laicidad “indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión especifica, pues la verdad es una”. Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere eliminar la opinión de los católicos sino instruir e iluminar la conciencia de los fieles. La enseñanza moral de la Iglesia planteó un deber moral de conciencia  porque como dice Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Christifideles Laici respecto de los fieles laicos, “En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida espiritual, y por otra, la denominada vida secular, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura”[5]. Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de convencionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana. Así, “la fe en Jesucristo (…) exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. El llamamiento de la Iglesia a sus fieles laicos a cumplir con la vocación pública según su estado aumentando el nivel de compromiso político personal de modo de asumir con el standard de exigencia evangélica la cruz de cada uno resulta, pues, muy patente y claro.

Para cerrar esta reflexión siempre resulta oportuno una referencia evangélica para dar más fuerza todavía a las necesidades planteadas. La parábola de la viña (Mt. 20, 1-7), es tomada por Juan Pablo II en la Exhortación Christifideles Laici para explicar el sentido y significado del “Id También vosotros a mi viña” que el “dueño de casa” les dirige a los obreros que al caer la tarde todavía estaban sin trabajar. La viña, por supuesto, representa el mundo entero en general y el entorno y contexto de cada uno de los fieles en particular. Nos enseña que estos obreros no son los pastores en general, sacerdotes, religiosos y religiosas de las horas anteriores, sino que representan el llamado personal que Jesús hace a todos los fieles laicos. El “dueño de casa” les pregunta: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?” y ante la respuesta dada, repite con más fuerza que antes su invitación: “Id vosotros también a mi viña”, El Santo Padre agrega: “Sientan los jóvenes que esta llamada va dirigida a ellos de manera especialísima”.

Pidamos entonces la intercesión de Santo Tomás Moro a quien la Iglesia propone como “el ejemplo imperecedero de coherencia moral”, quien llevó al extremo de la santidad por martirio la unidad de vida de los fieles laicos, quien defendió la imposibilidad de separar la política de la moral, y a quien Juan Pablo II consagró como ejemplo de Gobernantes y Políticos, que nos enseñe aquellas virtudes que le valieron de pasaporte al Cielo y que en este Congreso pretendemos conocer más para practicarlas mejor.



[1]  Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n° 1913

[2]  Gaudium et Spes, 31

[3]  Gaudium et Spes, 31

[4] Gaudium et Spes, 76

[5] Christifideles Laici, 59


“Estos temas están en la base del camino de formación laical que, desde el Movimiento FUNDAR, queremos proponer para el Año de la Fe y que tendrá en el Congreso “La nueva evangelización a los 50 años del Concilio Vaticano II” un hito fundamental a realizarse los días 2 y 3 de noviembre de 2012 en Buenos Aires.

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