Un estilo para la nueva evangelización

Sabemos que cada época histórica presenta desafíos que le son propios. Y en cada momento el Espíritu Santo ha suscitado hombres y mujeres que han sabido encarnar la respuesta a estos interrogantes epocales y que han marcado un camino para los demás.

El momento por el que estamos atravesando, como parte de un momento histórico pero también como parte de un país que tiene su propia manera de asumir los cambios, reclama más que nunca lucidez en el análisis, y arrojo y radicalidad en las actitudes y propuestas que respondan a este desafío y sean capaces de reconducir al hombre a la paz que parece haber perdido.

Desde FUNDAR estamos trabajando para definir y proponer un ‘estilo’, basado en las notas de nuestra espiritualidad. Como parte de la encarnación, esta definición tiene que traducirse en actitudes, hábitos, gestos, costumbres y modos de expresarse, que es lo que configura el estilo.

Así como de nada vale una manera de pensar que no se traduce en un modo de actuar consecuente, de igual manera una espiritualidad que no se encarna en un estilo, no es una espiritualidad acabada. Y el estilo debe ser tal que no choque a primera vista con las costumbres de su época, sino que debe diferenciarse, de tal modo que tenga una franja de características compartidas e incluso potenciadas, pero que a la vez proporcione una alternativa para todo aquello que conforma la franja más dudosa de una cultura.

No es casual que el Espíritu haya suscitado en nuestra comunidad un determinado carisma. El Espíritu no hace nada al azar, sino que despierta en las personas y comunidades aquellas características y aspectos que, sin ellos mismos saberlo, responden a necesidades implícitas o explícitas de una época. Por lo tanto, tenemos la responsabilidad de profundizar en nuestro carisma, de modo de presentarlo como “una propuesta detallada y precisa que abarca todos los aspectos de mi existencia, dándoles un inconfundible color”[1].

Ese “inconfundible color” es el estilo.

El estilo fundarino, es decir, la manera encarnada de vivir nuestra espiritualidad, debe hoy presentarse de manera tal que constituya una respuesta acabada a los planteos de nuestra época. Respuesta que ilumine, dé sentido y permita discernir el camino a seguir y la meta a alcanzar.

La encarnación, que nos hace vivir particularmente la urgencia del momento actual a través de la entrega y la disponibilidad apostólica, debe engendrar actitudes heroicas en ese sentido, que se concreten en gestos cotidianos, en renuncias, en actitudes que privilegien el bien común y el crecimiento del hermano por sobre la propia conveniencia. Y también en la necesidad apostólica de predicar el Evangelio con el ejemplo y la palabra.

El sentido de familia que proponemos en la comunidad, debe traducirse en una relación tal con el otro que genere el anhelo y la confianza como para volver a proponerse modelos de vida y de comportamiento. Este sentido de familia debe ser realmente vivido y profundizado. Somos realmente una familia entre nosotros, y este signo es uno de los que más interpelan hoy a esta generación de jóvenes con realidades familiares sumamente complejas.

La dimensión pascual debe mover al fundarino a buscar siempre la resurrección a través del dolor y el sacrificio, incluso en las situaciones más difíciles, tanto personales y comunitarias, como sociales y políticas.

La fraternidad real entre los fundarinos vuelve a restaurar esas relaciones humanas que se vuelven por momentos tan frágiles.

La disponibilidad apostólica nos urge a aprovechar el tiempo libre y pone en la vida cotidiana del fundarino el incentivo de predicar al Señor Jesús. No puede existir el aburrimiento, ni la irresponsabilidad, ni la superficialidad para alguien que se dice miembro de FUNDAR.

La nota de la unidad, nos debe llevar a buscar siempre la verdad más profunda de las cosas, para que éstas adquieran su verdadero sentido y dimensión en nuestra conciencia y la de los hermanos.

La familia, nuevamente, proporciona esa aceptación y contención fraterna que nuestros jóvenes tanto necesitan, y le agrega el contenido profundamente humano y divino a la vez del Evangelio que se anima a proponer esa fraternidad a todos los hombres.

 



[1] A. Cencini, “Amarás al Señor tu Dios. Psicología del encuentro con Dios”; Madrid; 1994; pág. 43.

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