La fe en Cristo y el amor a la vida, la familia y la Patria

Categoría: Actualidad,Últimas entradas |

En ocasión de la renovación del Pacto de fidelidad del pueblo con el Señor y la Virgen del Milagro, el Arzobispo de Salta, Mons. Mario Cargnello, dirigió un profundo mensaje a los cientos de miles de fieles que colmaron las calles de la Ciudad, en el que, enraizado en la Fe en Jesucristo, desarrolló las implicaciones que esa fe tiene en el amor a la vida, la familia y la Patria.

El mensaje se estructura en cinco grandes apartados:

  • Una introducción que traza un paralelo entre las enseñanzas de Belgrano sobre la batalla de Salta de hace 200 años y la situación actual.
  • La fe en Cristo, como elemento que nos une y que nos enseña a amar la vida, la familia y la Patria.
  • El amor a la vida a partir de las enseñanzas de Jesús, ante las amenazas del aborto, la manipulación de embriones y las drogas.
  • La fe en Jesús y la familia, ante las perspectivas de cambio legislativo que ponen en riesgo esa institución.
  • Jesús y el amor a la Patria, con particular referencia a la importancia del “pacto” en la vida social.

Veamos cada uno de estos aspectos del rico mensaje de Mons. Cargnello:

1. A 200 años de la batalla de Salta, el mismo amor a la patria: el Obispo comienza recordando a Belgrano y el hecho de que el Pacto de Fidelidad se realizaba en el lugar donde tuvo lugar la batalla de Salta:

Hoy estamos todos nosotros, en este mismo lugar, ante el Señor Jesucristo, el Señor del Milagro, el Señor de la historia y ante María del Milagro, la Mujer fuerte del Evangelio, la Madre capaz de jugarse enteramente por el pueblo de su Hijo. El amor a la patria se tiñe del celeste y blanco quizás de otro modo, pero con pasión capaz de despertar amor y servicio… Se trata del mismo sentimiento agradecido por el don de esta tierra y de su historia que necesita traducirse en un compromiso real, sostenido, generoso.

En esta hora, el Obispo remarcó que “lo que el general Belgrano llamaba la causa de nuestra libertad e independencia hoy se llama la causa del hombre, de todo el hombre desde su concepción en el seno de la madre hasta su final en la tierra; se llama causa de la dignidad de las personas, de la libertad solidaria, de la justicia, de la amistad social. El horizonte es el mismo: el hombre, y sosteniéndolo, la nación, comunidad de fraternidades llamada a cuidar y promover la dignidad de las personas cuidando el bien común”.

2. Unidos por la fe en Cristo Jesús: el punto de partida del mensaje episcopal es la Fe en Cristo: “Nos une la fe en Cristo Jesús, en quien reconocemos al Mesías, como lo hizo Pedro y con Pedro… Estar delante de ti, Señor del Milagro y de la historia, es estar delante de quien confiere libertad e impone responsabilidad”.

Inmediatamente después pidió que esa Fe ilumine nuestra historia:

Nuestra vida y nuestra historia quieren, necesitan ser iluminadas por Ti, por eso queremos conocerte y conocer cual ha sido tu relación con la vida, con la familia, con la patria, para poder actuar desde la fe que recibimos en el bautismo y ser sal de la tierra y luz del mundo. Queremos mostrar nuestra fe en las obras de cada día.

3. Jesús y el amor a la vida: el Obispo se refirió a la relación de Jesús con la vida y sus consecuencias en nuestro tiempo:

Señor Jesús, tú eres el Buen Pastor que quieres comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida. Por ello te acercas al ciego del camino, sanas a los enfermos, alimentas al pueblo que tiene hambre, liberas al endemoniado, dignificas a la mujer samaritana, reconoces la dignidad del niño. Tu respeto y amor se dirige a todo hombre: al leproso y al borracho, a la mujer prostituida y al marginal despreciado, al extranjero ignorado y al ciudadano reconocido. Invitas a tus discípulos a amar al enemigo y a reconciliarse, a optar por los pobres y a dar la vida por los amigos.

Como consecuencia lógica de este amor a la vida, el Obispo tuvo duras palabras para el aborto, la manipulación genética y las drogas, flagelos que afectan la vida:

¡Qué mezquinas aparecen a la luz de tu Rostro las propuestas legales que ignoran la voz del niño que está creciendo en el seno materno y de las personas que se encuentran en el ocaso de sus vidas!. ¡Qué injustas son la liberalización y banalización de las prácticas abortivas, de la eutanasia, de la manipulación genética y embrionaria y de todo atentados contra la dignidad y la vida del ser humano! ¡Qué inmadura es una sociedad que mira hacia otro lado cuando a la vera de las calles de nuestras periferias yacen tendidos jóvenes drogados, vencidos! ¡Qué irresponsable es la propuesta que pretende ignorar las limitaciones que conllevan la falta de respeto a la naturaleza en la aceptación de la propia sexualidad!. ¡Qué mezquina es una cultura que sólo ve en el hombre al consumidor y lo consume!

Por eso, el Obispo terminó implorando al Señor del Milagro: “Danos luz y valor para ser servidores de la vida”.

4. Jesús y la familia: el segundo ámbito al que se refirió el Obispo fue a la familia. Volviendo la mirada nuevamente a Jesús reflexionó: “Señor, tú eres familia, naciste y creciste en el seno de una familia y nos reúnes en tu Iglesia, que es familia”. Y también aquí se refirió a las consecuencias actuales: “¡Qué corta aparece la mirada de una sociedad que ignora la familia como un bien humano y humanizante! ¡Cuánto necesitamos que nuestros legisladores sean creativos a la hora de pensar leyes que sostengan y promuevan las familias según el proyecto de Dios!”. Y pidió: “Señor, que todas las familias encuentren en la Iglesia una casa que fortalezca a cada hogar”.

5. Jesús y el amor a la patria: la última parte del mensaje estuvo destinada a contemplar a Jesús y su amor a la patria:

Señor, tú has amado a tu patria. Déjanos contemplarte pagando tus impuestos (Mt 17,24-27; 22,16-21), haciéndote cargo del bien de todos como un ciudadano justo en tus actitudes y en tus acciones. Permítenos aprender de Ti, que llorando sobre Jerusalén, dividida y frágil, nos invitas a descubrir cómo la vida social debe ser cultivada desde la amistad social que incluye aceptando diferencias y promoviendo el bien común (Lc 13,34-35). Enséñanos desde el madero de tu Cruz a considerar al mundo como patria en la que la persona humana representa el fin último porque la sociedad está ordenada a ella (cfr. CDSI 132).

En este caso, el Obispo se detuvo en la significación que tiene para la Patria la idea de “pacto” y pasó revista a los diversos “pactos” sobre los que se asienta la vida social:

El amor se traduce en responsabilidad por el otro, en hacerse cargo del otro. Al renovar el pacto de fidelidad ayúdanos a descubrir cómo la vida social está tejida sobre muchos pactos que nos comprometen cada día. El pacto de nuestro trabajo y de la justicia en realizarlo y retribuirlo. El pacto que sostiene la vida de familia. El pacto entre el ciudadano y el gobernante que recibe la confianza de un voto y que compromete la generosidad de un servicio veraz, creativo, cuidador del bien común. El pacto de esta generación con las que vienen en el cuidado del medio ambiente y de los vínculos humanos. El pacto del respeto a la palabra dada y a la dignidad de todos. El pacto del compromiso legislativo de cuidar al ser humano desde la concepción hasta su muerte natural. Que al renovar el pacto contigo renovemos todos los pactos que revitalizan la vida social, cultural y política de nuestra patria, porque marcan la trama de su vida social y política

El maestro y su ejemplo: al finalizar su mensaje, Mons. Cargnello volvió a citar a Manuel Belgrano, esta vez refiriéndose a un reglamento para escuelas elaborado por el prócer nacional y cuyo artículo 18 dice así:

El maestro procurará, con su conducta, y en todas sus expresiones y maneras, inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud y a la ciencia, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que le haga preferir el bien público al privado…

Y finalizó interpelando a cada uno de los fieles que renovaron su Pacto: “¿No convendría que lo escuchemos todos si es que estamos dispuestos a hacernos cargo de los demás?”


Mensaje completo de Mons. Mario Cargnello, Arzobispo de Salta

en ocasión de la renovación del pacto de fidelidad

15 de septiembre de 2012

I

Ondea la bandera de la patria envolviendo este predio del monumento a la Batalla de Salta, con inusitado esplendor. Parece querer abrazarnos a todos con aliento de madre en este tiempo del bicentenario de nuestra nación. Aquí recibió su bautismo de fuego en la batalla hace casi doscientos años. Aquí, en palabras del General Belgrano, el primer soldado de la patria, “El Dios de los ejércitos nos ha echado su bendición: la causa de nuestra libertad e independencia se ha asegurado a esfuerzos de mis bravos compañeros de armas”[1].

Hoy estamos todos nosotros, en este mismo lugar, ante el Señor Jesucristo, el Señor del Milagro, el Señor de la historia y ante María del Milagro, la Mujer fuerte del Evangelio, la Madre capaz de jugarse enteramente por el pueblo de su Hijo. El amor a la patria se tiñe del celeste y blanco quizás de otro modo, pero con pasión capaz de despertar amor y servicio. Será la camiseta que llevan adultos, niños y jóvenes en los eventos deportivos, será quizás la escarapela que prendida en el pecho nos anima, será la bandera que acompaña la vida de nuestras escuelas y edificios públicos desde la Quiaca hasta la Antártida. Se trata del mismo sentimiento agradecido por el don de esta tierra y de su historia que necesita traducirse en un compromiso real, sostenido, generoso.

Lo que el general Belgrano llamaba la causa de nuestra libertad e independencia hoy se llama la causa del hombre, de todo el hombre desde su concepción en el seno de la madre hasta su final en la tierra; se llama causa de la dignidad de las personas, de la libertad solidaria, de la justicia, de la amistad social. El horizonte es el mismo: el hombre, y sosteniéndolo, la nación, comunidad de fraternidades llamada a cuidar y promover la dignidad de las personas cuidando el bien común.

Así estamos hoy aquí reunidos, Jesucristo y su Iglesia, su pueblo al que le ha regalado a María como Madre.

II

Nos une la fe en Cristo Jesús, en quien reconocemos al Mesías, como lo hizo Pedro y con Pedro. El mismo Señor nos formula la pregunta a ti y a mí, querido hermano, querida hermana: ¿quién dices que soy?. Digámosle también nosotros: Tú, eres el Mesías, Dios de Dios, Luz de Luz, creemos en Ti, Jesucristo, hijo del Padre nacido de María, la Virgen.

Tú eres el que ha muerto, ha resucitado y ha sido exaltado; y todo esto por nosotros, por mí. Tú tienes que ver con lo profundo de nuestra vida, con lo decisivo. Tu muerte es la declaración de amor de Dios por nosotros. Una declaración definitiva, plena: “Cuando todavía éramos débiles, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,6). ¿Quién podrá entonces separarnos de tu amor? (Cfr. Rm 8,35). Tu resurrección nos dice que eres el Cordero Pascual en el que renace la vida y la historia como en la Pascua de cada año renace tu pueblo a la libertad. Tu exaltación a la derecha del Padre nos avisa que algo nuestro está en el seno mismo de Dios y nos despierta cada día a obrar con grandeza, venciendo mezquindades, orgullos vanos, tentaciones adictivas del poder que corrompe.

Estar delante de ti, Señor del Milagro y de la historia, es estar delante de quien confiere libertad e impone responsabilidad porque tú no buscaste complacencias (Cfr. Rm 15,3); porque te haces presente en la fe que transforma lo ordinario y no en el éxtasis que nos evade en un espiritualismo sin compromiso ni cohesión social. Tu misterio se prolonga en el hoy de tu Iglesia, la que se asienta en Pedro y en sus apóstoles, la que confesamos una, santa, católica y apostólica.

Nuestra vida y nuestra historia quieren, necesitan ser iluminadas por Ti, por eso queremos conocerte y conocer cual ha sido tu relación con la vida, con la familia, con la patria, para poder actuar desde la fe que recibimos en el bautismo y ser sal de la tierra y luz del mundo. Queremos mostrar nuestra fe en las obras de cada día.

III

Señor Jesús, tú eres el Buen Pastor que quieres comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida. Por ello te acercas al ciego del camino, sanas a los enfermos, alimentas al pueblo que tiene hambre, liberas al endemoniado, dignificas a la mujer samaritana, reconoces la dignidad del niño. Tu respeto y amor se dirige a todo hombre: al leproso y al borracho, a la mujer prostituida y al marginal despreciado, al extranjero ignorado y al ciudadano reconocido. Invitas a tus discípulos a amar al enemigo y a reconciliarse, a optar por los pobres y a dar la vida por los amigos.

Y todo esto lo sigues haciendo hoy en tu Palabra y en tus sacramentos, en la Eucaristía que nos convoca y nos alimenta y convierte nuestra existencia en una Misa prolongada (cfr. DA 354)

Mirándote, Señor, experimentamos tu invitación a ampliar los horizontes y a descubrir la vida en su profundo valor abrazando el trabajo, el esfuerzo y la cruz cotidiana que le da el sabor de la entrega que nos ayuda a progresar sin ser esclavos del acumular, porque “la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento” (DA 360).

¡Qué mezquinas aparecen a la luz de tu Rostro las propuestas legales que ignoran la voz del niño que está creciendo en el seno materno y de las personas que se encuentran en el ocaso de sus vidas!. ¡Qué injustas son la liberalización y banalización de las prácticas abortivas, de la eutanasia, de la manipulación genética y embrionaria y de todo atentados contra la dignidad y la vida del ser humano! ¡Qué inmadura es una sociedad que mira hacia otro lado cuando a la vera de las calles de nuestras periferias yacen tendidos jóvenes drogados, vencidos! ¡Qué irresponsable es la propuesta que pretende ignorar las limitaciones que conllevan la falta de respeto a la naturaleza en la aceptación de la propia sexualidad!. ¡Qué mezquina es una cultura que sólo ve en el hombre al consumidor y lo consume!

Danos luz y valor para ser servidores de la vida. Bendice especialmente a los matrimonios que luchan por recibir a sus hijos y educarlos y a aquellos esposos que agrandan su corazón y deciden adoptar un niño para construir con él un hogar.

IV

Señor, tú eres familia, naciste y creciste en el seno de una familia y nos reúnes en tu Iglesia, que es familia.

Te contemplamos niño creciendo, obedeciendo a tus padres, capaz de aprender de ellos a trabajar, a servir, a rezar como hijo de Israel (cfr. Lc 1,39-40. 51-52). Te contemplamos joven entregado a tu pueblo y a la humanidad enseñando y haciendo el bien, invitando a tu Madre a ser Madre de tu nueva familia en la aceptación gozosa de la voluntad del Padre (cfr. Lc 11,27-28). Te contemplamos en la madurez de tu entrega en la Cruz confiando la Iglesia que está naciendo de la Cruz a tu Madre (cfr. Jn 19,26-27).

Y todo esto lo vives hoy, en cada familia cristiana que, nacida en el sacramento del matrimonio, está llamada a ser testigo del amor profundo del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, en la fidelidad, en el respeto mutuo entre sus miembros, en la capacidad de cultivar y sostener vínculos sanos, en la audacia de ser generosa con la vida, en el compromiso de una solidaridad efectiva con los más pobres, con los necesitados, con los excluidos.

¡Qué corta aparece la mirada de una sociedad que ignora la familia como un bien humano y humanizante! ¡Cuánto necesitamos que nuestros legisladores sean creativos a la hora de pensar leyes que sostengan y promuevan las familias según el proyecto de Dios!

Señor, que todas las familias encuentren en la Iglesia una casa que fortalezca a cada hogar.

V

Señor, tú has amado a tu patria. Déjanos contemplarte pagando tus impuestos (Mt 17,24-27; 22,16-21), haciéndote cargo del bien de todos como un ciudadano justo en tus actitudes y en tus acciones. Permítenos aprender de Ti, que llorando sobre Jerusalén, dividida y frágil, nos invitas a descubrir cómo la vida social debe ser cultivada desde la amistad social que incluye aceptando diferencias y promoviendo el bien común (Lc 13,34-35). Enséñanos desde el madero de tu Cruz a considerar al mundo como patria en la que la persona humana representa el fin último porque la sociedad está ordenada a ella (cfr. CDSI 132).

El amor se traduce en responsabilidad por el otro, en hacerse cargo del otro. Al renovar el pacto de fidelidad ayúdanos a descubrir cómo la vida social está tejida sobre muchos pactos que nos comprometen cada día. El pacto de nuestro trabajo y de la justicia en realizarlo y retribuirlo. El pacto que sostiene la vida de familia. El pacto entre el ciudadano y el gobernante que recibe la confianza de un voto y que compromete la generosidad de un servicio veraz, creativo, cuidador del bien común. El pacto de esta generación con las que vienen en el cuidado del medio ambiente y de los vínculos humanos. El pacto del respeto a la palabra dada y a la dignidad de todos. El pacto del compromiso legislativo de cuidar al ser humano desde la concepción hasta su muerte natural. Que al renovar el pacto contigo renovemos todos los pactos que revitalizan la vida social, cultural y política de nuestra patria, porque marcan la trama de su vida social y política.

Queridos hermanos todos: Contemplando en esta tarde las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro, vuelvo a recordar la figura señera de Belgrano. La Asamblea del año 13 le otorgó, como premio por los triunfos de Tucumán y Salta, 40.000 pesos que el general destinó a la fundación de cuatro escuelas públicas en Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy y Tarija. Redactó un reglamento cuyo artículo 18 dice así: “El maestro procurará, con su conducta, y en todas sus expresiones y maneras, inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud y a la ciencia, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que le haga preferir el bien público al privado…” ¿No convendría que lo escuchemos todos si es que estamos dispuestos a hacernos cargo de los demás?.

Mario Cargnello

Arzobispo de Salta

 

[1] MITRE, BARTOLOMÉ, Historia de Belgrano, vol. 2, p. 126

Una respuesta a La fe en Cristo y el amor a la vida, la familia y la Patria

  1. Luchar por los valores de la Iglesia doméstica, la familia que es la célula primordial de una sociedad física y espiritualmente sana

    María del Carmen Sellart
    19/09/2012 at 6:57 pm
    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>