Los Padres Apostólicos y su significado en la vida de la Iglesia

Se  denomina “Padres Apostólicos” a los escritores del siglo I o principios del II, que tuvieron relación con los Apóstoles o al menos vivieron en la misma época.  Según el Prof. Hamman, autor de “Guía de los Padres de la Iglesia”, “alrededor del año 100 comienza un periodo nuevo a la vez oscuro y decisivo (…) Esta época es de desarrollo en la organización eclesial, litúrgica y promover el pensamiento cristiano”[1].

La obra, entonces, de estos autores de la Iglesia primitiva, es de carácter pastoral y su pensamiento está estrechamente relacionado con el Nuevo Testamento y las Cartas Apostólicas. Algunos autores los consideran como eslabones entre la época de la revelación y la tradición. Se los encuentra en diferentes lugares del imperio Romano, como Asia Menor, Siria, Roma, entre otras regiones. Una de las razones de su importancia radica en que, a través de sus escritos, podemos tener una clara imagen de la doctrina cristiana del siglo I.

San Clemente Romano y San Ignacio de Antioquia son dos de los Padres más conocidos, cuyos principales aportes queremos presentar brevemente en esta nota.

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San Clemente de Roma

Clemente Romano fue el tercer sucesor de Pedro. Papa desde el año 92 hasta el 101. Fue autor de una carta de la Iglesia de Roma a la Iglesia de Corinto, escrita en el año 96. Según Tertuliano fue ordenado Obispo por el mismo Pedro. De él se conserva además una carta a la Iglesia de Corinto, dos cartas a las Vírgenes y diversos escritos homiléticos y narrativos. La epístola a los Corintios “es uno de los más importantes documentos del período que sigue inmediatamente a la época de los Apóstoles, la primera pieza de la literatura cristiana, fuera del Nuevo Testamento, de la que constan históricamente el nombre, la situación y la época del autor. Durante el reinado de Domiciano surgieron disputas en el seno de la Iglesia de Corinto que obligaron al autor a intervenir. Las facciones, que San Pablo condenara tan severamente, estaban de nuevo irritadas. Algunos hombres arrogantes e insolentes se habían sublevado contra la autoridad eclesiástica, deponiendo de sus cargos a quienes los ocupaban legítimamente. Solamente una ínfima minoría de la comunidad permanecía fiel a los presbíteros depuestos. La intención de Clemente era componer las diferencias y reparar el escándalo dado a los paganos. No sabemos cómo llegó a Roma la noticia de esta revuelta. Carece de fundamento la opinión, muy común en otro tiempo, de que los corintios habían apelado al obispo de Roma para que procediera contra los rebeldes. Es más admisible suponer que algunos cristianos romanos con residencia en Corinto, testigos de las disensiones o discordias, informaran a Roma de la situación[2]. ”

Los temas centrales que aborda San Clemente Romano, y de los cuales da constancia, son de gran importancia para la historia de la Iglesia: la permanencia de Pedro en Roma, el viaje de Pablo a España, el martirio de Pedro y Pablo, las persecuciones de Nerón, la jurisdicción eclesiástica y la doctrina de la sucesión Apostólica, y el Primado de la Iglesia Romana.

 

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San Ignacio de Antioquia

San Ignacio de Antioquia, muerto en el año 110,  fue el tercer obispo de Antioquia de Siria (región comprendida entre Turquía y Siria), después de Pedro y Evodio[3], a principios del siglo II.  Venido del paganismo estudio con filósofos griegos y toma de los helénicos la forma literaria y las categorías filosóficas. Hamman afirma que “no conocemos al hombre más que a través de sus siete cartas, que por sí solas nos permiten penetrar en su interioridad. Aquí «el estilo es el hombre».Qué hombre y qué corazón. En frases cortas, densas, llenas hasta reventar, de estilo sincopado, corre un río de fuego. Ningún énfasis, ninguna literatura, sino  un hombre excepcional, ardiente, apasionado, he­roico pero modesto, bondadoso pero con lucidez; un don innato de simpatía, como Pablo, de doctrina se­gura, clara, dogmática antes que moral, en la que se percibe la influencia de Juan, la experiencia mística y la santidad. ”[4] Por medio de esas cartas podemos conocer en mayor medida cómo era la Iglesia en el siglo II, cómo se estaba organizando. Es una Iglesia muy amenazada por la autoridad civil y por las herejías que aparecen. Ignacio pide la unidad de la Iglesia, del clero y de los fieles en torno al Obispo.

Las cartas que se conocen de este Padre de la Iglesia son las que escribió a las comunidades de Éfeso, Magnesia, Tralia, Roma, Filadelfia y Esmirna; también una carta al Obispo Policarpo, de Esmirna. En ellas afirmó, por ejemplo, que “La Fe es el principio, la caridad, la perfección. «La unión de las dos es Dios mismo; las otras virtudes les acompañan para condu­cir al hombre a la perfección» (Ef 14).[5]También que “la dificultad no está en amar a todos sino en amar a cada uno; y sobre todo al pequeño; al débil, al esclavo, al que nos hiere o nos hace su­frir, como escribe y recomienda a Policarpo. Ama lo bastante a los hombres para corregirles sin herirles. Aplica con predilección la palabra médico a Cristo, y este apelativo le cae perfectamente a él mismo. Sir­ve a la verdad de la fe, hasta el punto de predicar en el momento en que resulta incómodo y le hace correr el riesgo de la incomprensión y aun de la misma hostilidad.[6]

Aborda el tema de la economía de la salvación, idea central de su pensamiento  teológico. En su Cristología defiende tanto la divinidad como la humanidad del Señor[7], respondiendo así al docetismo que niega la realidad humana y el sufrimiento de Cristo[8]. Sobre la figura del Obispo, sostiene que el mismo preside como representante de Dios.[9]

Utiliza por primera vez el nombre de “Iglesia Católica” para designar a los creyentes[10] . A pesar de no ser romano, reconoce la Primacía de la Iglesia de Roma. La carta a esa comunidad es muy distinta de las demás cartas; en las otras exhorta, a Roma suplica, ya que ella está “puesta a la cabeza de la caridad”: no se atreve a ordenar  por que la autoridad de la Iglesia viene de los Príncipes Pedro y Pablo.

 

 


[1] Hamman, Guía de los Padres de la Iglesia, pág. 13

[2] Quasten, Patrología Parte I hasta el Concilio de Nicea, pág. 53

[3] Cf. Eusebio, HE 3, 22.

[4] Hamman,  Guía Practica de los Padres de la Iglesia. pág. 19.

[5] ibid, pág. 24.

[6] Ibid; pág. 20

[7] Cf. Magnesios 9, 1-2; Efesios 7, 2; 18, 2; 20, 1; Esmirnenses 1, 1; 2; 4,2; Policarpo 3, 2.

[8] Cf. Tralianos 10,11, 1; Esmirnenses 7.

[9] Cf. Magnesios 6, 1; 3,1; Tralianos 6;  Filadelfios 3; Efesios 4; Esmirnenses 8, 1; Policarpo 5, 2.

[10] Cf. Esmirnences 8,2

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