¿Criterios humanos o criterios de Dios? Reflexiones sobre el compromiso cristiano hoy

“El amor de Cristo nos apremia” dice San Pablo en 2Co 5, 14. Estas palabras nos interpelan particularmente en estos tiempos tan difíciles para la evangelización. En efecto, la urgencia de los desafíos que presenta el mundo hoy, desde las leyes contra la vida y la familia, hasta las situaciones de injusticia manifiesta que generan pobreza y exclusión, pueden llevarnos a vivir nuestro compromiso cristiano desde una dimensión puramente humana. No pocas veces caemos en esa tentación los que estamos trabajando intensamente en el mundo por el Reino de Dios.

Las lecturas que nos propone la liturgia de hoy domingo XI son buenas, por tanto, para hacer tres órdenes de preguntas: ¿Qué nos mueve en nuestro compromiso con estas causas? ¿Bajo qué criterios actuamos? ¿En qué fuerzas confiamos?

¿Qué nos mueve en nuestro compromiso?

“El amor de Cristo nos apremia”. San Pablo por excelencia es testigo de la obra que Dios realiza en su vida. Su entrega y trabajo por anunciar el Reino no nace de una idea, ni de una pretensión personal, ni de un mero compromiso con los más pobres. El punto de partida de su entrega es el amor de Jesús que lo redimió. En la Carta a los Gálatas dirá: “la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20).

Creo que tenemos que pedir a Dios la gracia de no olvidar nunca esta verdad, pues cuando nuestro compromiso no nace del amor de Cristo que nos apremia, entonces corre el riesgo de tornarse puro activismo.

El obrar del cristiano no nace de sus ideales personales o de una decisión personal, sino que tiene como única fuente al amor de Jesús que nos salva y nos hace partícipes de la comunión de la Trinidad.

¿Bajo qué criterios actuamos?

San Pablo continúa afirmando: “Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así” (2 Co 5, 16).

La segunda gran interpelación que podemos encontrar refiere a los criterios bajo los cuales actuamos. Si fuimos alcanzados por el amor de Cristo que nos redime y nos apremia a amar a todos los hombres, nuestro obrar no se rige más por criterios humanos, sino por el mismo amor de Cristo.

¡Cuánto tenemos que cambiar nuestra aproximación a la realidad para conocer bajo criterios de Cristo! Con frecuencia, juzgamos, condenamos, no perdonamos, buscamos venganza, tenemos envidias, actuamos con mezquindad. El encuentro con el amor de Jesús es una invitación a cambiar nuestros criterios y a descubrir detrás de todo lo que ocurre el Plan de Dios que nos ama y quiere que todos entremos a participar de su comunión trinitaria.

En estos tiempos tan difíciles, es una invitación a mirar la historia con los ojos de Dios, para descubrir detrás de todo lo que ocurre la semilla del Reino que crece, aunque parezca imperceptible, aunque parezca que todo sale mal. Y nuestros criterios para conocer a las personas tienen que ser los mismos criterios de Dios, que perdona, ama y quiere el bien de cada uno.

¿En qué fuerzas confiamos?

La última pregunta que quiero proponer refiere a las fuerzas en las que confiamos. Aquí nos vienen bien las palabras del Evangelio de Marcos que propone la liturgia y que nos hablan de las parábolas de la semilla que crece sola y del grano de mostaza que crece hasta convertirse en la más grande de las hortalizas (Mc 4, 26-34).

Nuestra tarea, en estos tiempos tan difíciles, parece por momentos sobrehumana y las fuerzas con las que contamos parecen desproporcionadamente pobres al lado de la dimensión de los desafíos que enfrenta la Iglesia. Pero el Señor nos invita a no confiar en nuestras fuerzas y a tener fe en que el Reino de Dios obra poderosa y discretamente, ya sea que durmamos o nos levantemos, que sea de día o de noche.

El Papa Benedicto XVI ha dicho en el Ángelus de hoy: “el Reino de Dios – aun si exige nuestra colaboración – es, ante todo, don del Señor, la gracia que precede al hombre y sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se inmerge en la de Dios, no teme ningún obstáculo, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, el que hace germinar y crecer cada semilla de bien esparcida en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, de los sufrimientos y del mal que encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como “tierra buena” la semilla de la Palabra de Dios, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza”.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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